VIAJERA EDITORIAL se enamora de la literatura con una atrevida voz propia y una manera original de ver el mundo. Viajera sale en busca de talentos nuevos con el desafío de que encuentren sus ávidos lectores. Viajera cuenta con tres colecciones: descubrir, para primeros libros de autor; explorar, para seguir adentrándose en el paisaje de las obras contemporáneas en construcción; bífida, libros doble lengua/lengua doble
martes, 23 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Este martes 23 de noviembre leemos en la Casa!
Vamos a estar todos los autores leyendo y hablando con el público.
Vengan a conocer las letras de los libros nuevos, están buenísimos:
Casa de Viaje de Natalia Monsegur
Presente Continuo de Carlos Battilana
visitante/the visitor de Cecilia Maugeri
Y por supuesto:
Macció-Janza-Czikk-Maugeri-Ilguisonis-Quinteros-Verzura-Mana-El Jaber
reversionando
La Pérdida o La Perdida-La Cajita de Pandora-Estuche Negro-malapalabra-clin caja-Lengua Espiral-Sentir Óseo-La Playa
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viajeraeditora
Casa de la Lectura
Lavalleja 924
lunes, 15 de noviembre de 2010
Viajera visita la Casa de la Lectura

viernes, 5 de noviembre de 2010
Crónica viajera: empezamos la Primavera en la librería Cobra
Aquí estoy en la noche oscura, amenazante de llovizna fresca de primavera, en la baranda de cemento de esta terraza a la que fui a dar casi por casualidad. Maúllo pidiendo algo qué comer y estoy seguro que ya pasaron varios días desde que estoy sentado acá, esperando. Es una quieta esquina de Caballito, un barrio que, todavía lejos de sus avenidas tiene casas bajas, y unas pocas antiguas como ésta, que conservan cierto esplendor. Sentado acá, negriblanco en la penumbra, le doy un toque venerable a la esquina.
En diagonal algo se preparaba hoy, día viernes, cuando el movimiento de la tarde va cesando junto con el tráfico en la zona, que no es especialmente movido casi nunca. Mientras algunas personas iban llegando, una mesa en la calle se transformaba en una especie de muestrario de libros, libritos y papelitos de colores. Tres mujeres se movían animadamente, en tanto que una de ellas, de rulos bastante densos, me miraba cada tanto con cierta incisividad. Más tarde trataría de forma infructuosa hacerme bajar. ¿Creería que un animal milenario como yo abandonaría tan privilegiada posición por un plato de leche? Se ve que estaba afectada por mi maullido, preveía que mi presencia sería molesta (los hechos posteriores lo confirmarían). No llegó a entender que yo quería bajar por donde había llegado. Este árbol tenía un frondoso follaje, a él subí en busca de una hospitalidad que recuerdo haber recibido de los habitantes de esta casa hace no mucho tiempo, y que ahora se niegan a darme por temor a que quiera quedarme para siempre. Sin embargo, de no mediar algún cambio, convertiré a esta casa en mi tumba. El árbol verdoso se convirtió en pocos minutos en un pelado tronco con ramas cuando llegó un camión lleno de ruidosos hombres, quienes con inusitada velocidad para su empleo público, cerraron mi puente de regreso a la calle. No me animé a saltar a tiempo y ahora no sé qué haré.
Reapareció allá abajo la de rulos que se puso una gorra negra, mientras seguían hablando sin parar. La oscuridad albergó la llegada de más y más gente que seguía entrando y acomodándose en un reducido espacio, entre más libros y libritos.
A último momento pude observar la llegada de un auto gris. Frenó en la esquina, retrocedió bruscamente y en una maniobra dejó el auto estacionado. Bajó raudo alguien con un bolso rojo, que fue lo único que pude distinguir de su equipaje, y pidiendo permiso se ubicó en un lugar al que mis gatunos ojos llegaban con detalle. Me llamó la atención desde un primer momento. Inquieto, fue acercándose a un mostrador mientras que sigilosamente comenzaba a acomodarse buscando un lugar donde apoyar sus brazos. No emitió palabra, apenas sonrió cuando alguien hizo un comentario y pareció entregarse al raro ritual que comenzó a transcurrir bajo la luz de una exigua bombita amarilla. Yo, que en otras vidas muchos muchos siglos atrás, fui testigo de otras ceremonias, puedo asegurar que nada cambió. Las personas se siguen reuniendo, oran, leen, unos escuchan a otros, luces destellantes, ritos de veneración, extraños momentos en que el silencio produce algo que hace de ligazón, de vínculo.
Pero volvamos a él, quien comenzó a sacar de su bolso rojo un estuche negro y de su interior un par de anteojos. Luego, a tientas, manoteó un cuaderno azulado y un lápiz de su saco. Desde acá pude leer lo que fue garabateando. Llueve ya, y por la calle pasa un carro tirado por un caballo. Su sonido se sobrepone a mi maullido y me transporta a vidas más recientes.
Verzura / tersura. Sentir óseo /sentir ocio.
Así anotaba:
Lectura entrecortada, una voz suave, tersa. Las partes del cuerpo de ella se van rearmando en los versos. En la presentación de su libro, se habló de la alquimia, de la pretensión de lo uno, del oro, de la transmutación. Óseo y ocio, blando y ternura de quien mira su cuerpo y el del otro al que ve diminuto, pero ya no le importa. Su rostro en el espejo no es el poema. El poema es otra cosa, no se puede ver en el reflejo sensible.
Escucho aplausos y veo el reacomodamiento de gente que sigue entrando. Hay una chica afuera que empuja para que todos entren. Me mira molesta, ¿será amiga de la de rulos? Él apoya la libreta, descansa y acerca sus manos una canasta con libritos pequeños. Mira la pared poblada de libros.
Anota en la página opuesta a la que ya había escrito, suelto en medio de la hoja:
Libros extraños estos: “White fungus, signatura, sacramental” Todos unidos por unas gomitas.
Y ahora sigue:
Lara, multifacética, ¿VJ?, filma y escribe poesía. Se le anima a todo. No la puedo ver. Cartas de Tarot, son la base de la serie: “su sueño yace, dos niños flor se ovillan, amor lucero”. La última carta es la del juicio final. Apocalíptico fin para la serie. (Nínive explota por no escuchar al profeta). ¿Lara es la mensajera?
Aplausos, luces que titilan. Ahora escucho la voz de un hombre.
“Di Peppe. Aspirante a ingeniero que escribe poemas. Me parece ver a su madre entre el grupo de escuchas atentos. Trabajaba en Metrovías y escribe: surcos, costuras, caminos. Son los rieles de su expresión. Él se desliza como un tren. Qué buena forma de leer. Me impregna.
¡Qué molesto y a la vez simpático este pingüinito de vino que hace las veces de maceta en el mostrador tan poblado! Así, no puedo escucharlo. Ese gato maúlla. ¿Caballos ahora? Los trenes ¿no le habían ganado? ¿Qué hacen acá? ¡Qué ruido!
Dejo de mirarlo porque se mueve. Se reacomoda, levanta su bolso, se saca los anteojos, revuelve otro canasto de libros. Todos se paran, se corren, sonríen y parecen movidos en forma circular. La de afuera insiste en que todos entren. Habla y casi sin empujar, mueve a todos hacia adentro.
De nuevo se ubica con su cuaderno. Se calza los anteojos y sigue con letra desprolija que llego a desmenuzar desde acá.
Mariana ¿Faierman o Faerman? “Cuatro pestañas, medio ojo”.
Lo veo moverse. Parece vacilar si seguir o no. Se pone como frenético a escribir.
Muerte, inventariar mi cuerpo, “Amar es mutilar un cuerpo y quedarse con pedazos”, clavar las uñas en la piel
|cuántas definiciones del amor|
Imposible coser sin mutilar, lo que sale a borbotones
|todo anatomía|
Está hecha de lápiz negro. Borrable. Mariana ¿qué querés decir? Me perturban tus versos.
“No este miedo, no este miedo”. Es como Pizarnik en el remate. Re mata.
Ahora Natalia Monsegur. El cuerpo cede su lugar a una topogeografía. Tormenta, pájaros, el desierto, sol pica, tierra roja, países sin luces (Natalia ve panorámicamente. ¿Es como Dios o Google Earth? Google, los gogles de Dios)
Agita la mano, parece que se ha cansado. No dejó de escribir ni por un segundo, aún mientras todos aplaudían. Arranca de nuevo…
Baleares, Gaviotas, potenciales formas de la poesía. Poemas geográficos de Natalia.
De Mariana a Natalia, es un paso del cuerpo como mundo, al mundo como cuerpo.
Más aplausos, mientras maúllo y sigo atentamente a ese cuaderno que se llena de notas. Nuevos giros, risas y la que empujaba, entra. Algunos salen un poco. Nadie se va.
Escribe:
Ceci: cicatriz, desgarro, cascarita
Karina: hielo fino, hoja del árbol familiar, vidrio fino, inerte
Vir: nacimiento, esperma iodado, sueños de colores.
La gente se va, de a poco, mientras reparten besos. Él sigue escribiendo concentrado.
Viajera primaveral, crónica provisoria. Ésta es una librería extraña, pero a la vez generosa. La estación más inestable no deja de ser la del despertar de las emociones. Yo también tengo miedo a tantas cosas que podrían ocurrirme hoy mismo, hoy a la noche. La poesía expresa al ser, o sólo fragmentos, es como la filosofía. No importa si entendés cada parte, la totalidad que busca el infinito no se encuentra en cada detalle, sino en el encadenamiento de personas que parecen hablar de lo mismo: lo inconmensurable de la creación, desde el nacimiento hasta el juicio final.
Lo veo estirarse, guarda los anteojos, el lápiz queda arriba del mostrador. Está por salir y agarra de un manotazo su casi olvidado instrumento de escritura. Ya no queda nadie adentro. Rápido se saluda con todos. Me mira fijo. Creo que no me ve con precisión. Sé un secreto que él no sabe de mí. Lo veo como he visto a otros que registraban los ritos funerarios, las reuniones secretas, las misas numerosas, las procesiones extensas y las plegarias más sentidas. Siento que me mira porque busca algo y no sabe qué.
Su mochila roja guarda crónicas que tarde o temprano expondrá a otros.
Por fin, cruza despacio la calle, se sube al auto y sin mirarme arranca. Con un bocinazo corto desaparece.
Yo no estaré mucho más tiempo en este mundo.
martes, 14 de septiembre de 2010
Viajera en Cobra el 24 de septiembre

Viajera Visita
Primaveral
Nuevos libros de Colección Valijita
y anticipos de Viajera Editorial
Viernes 24 de septiembre, 19.30 h
en la librería Cobra
Aranguren 150 - Caballito
Leen:
Lara Arellano
Gustavo Di Peppe
Mariana Faierman
Natalia Monsegur
Victoria Verzura
Entrada libre y gratuita
viernes, 20 de agosto de 2010
Quién es Mana, por Virginia Janza
La estrategia de escritura de Mana es decir sin decir. Contar usando anagramas, seudónimos, palabras inventadas, máscaras, disfraces. Como en el cuento “La Anticuaria”, Fendase es un anagrama de Defensa, el anagrama es una defensa en sí, una forma más de ocultamiento. ¿Quién es Mana? ¿Es acaso “el pibe” al que se hace referencia en “Sobrino Tácito”? ¿El adolescente con miedo a enamorarse de una chica más grande de “16 y 25”? ¿El desamparado ser que busca consuelo en prostitutas de “Efecto Pavlov en la Maison”? ¿Es válido pretender armar la genealogía de este antihéroe en el libro? Evidentemente es, al menos, posible (y tentador) rastrear la e o in- volución del personaje-narrador, del desdoblamiento de la primera persona, en herpes. Se puede leer y rastrear el dolor, pero el hecho en sí nnunca se cuenta. ¿Qué pasó?, tiene uno ganas de preguntar cuando lee el abatimiento de “La helada pasó y quedamos en pie”:
“La única razón que tenías era estar, para desvanecerte.
Si no hubiese tenido que convivir con vos.
Decirte todo eso que la gente se dice
pero ya no quedan ganas.”
¿Pero qué hubo antes? ¿Por qué no quedan ganas? ¿Hubo un antes?
¿Es eso? ¿Es eso lo que duele tanto y no se puede decir? ¿Es eso lo que ocultamos? En todo viaje, en toda travesía hay un fin, hay una muerte, una mudanza, un cambio de destino.
La muerte del amor es nuestro punto de contacto, Mana. Haberla vivido y haberla atravesado (sin escalas).
El amor herpético también tiene un fin, o un comienzo. Vos mismo lo decís, el tiempo hace lo que mejor sabe hacer: abrirse paso, poner distancia, permitir un nuevo comienzo. Es el comienzo de la escritura, el inicio de un relato:
“Los factores, nombres y lugares/ responden por sí mismos./ Los traigo porque ya cumplieron su condena./ Ahora están en su derecho de convivir con el resto.”
Es el relato que cuenta, que nos cuenta, que nos obliga a revivir, que transcribe sin decir nada realmente. Porque cómo traducir el dolor a palabras, ese enorme dolor que entra en algo tan pequeño como esto, un libro, un viaje. Cómo cuando uno tiene la boca completamente cerrada, o eso pretende.
Sentir Óseo: Nueva Reseña por Patricia Signorelli
La pelea por el cuerpo
El cuerpo en el libro de María Victoria Verzura adquiere la dimensión desde donde se constituye la escritura. Paradójicamente, éste es un cuerpo en crisis. Lejos de la integridad que presupone la contundencia del título Sentir Óseo, el primer poema con que se inaugura el texto, dibuja el trayecto de la sin-certeza: “Todo al alcance/ salvo: / el cuerpo”. La contradicción de ese sentir óseo frente a un cuerpo que se presenta inalcanzable motoriza en su tensión una escritura que busca superarla. Vacío, lejano, astillado, impropio, pero deseoso de ser llenado y reconstruido a través de cada verso, cada sintagma, cada blanco. En las tres partes que componen el libro (“Como agua que brota”, “Sentir Óseo” y “victoria”) en una suerte de devenir cíclico se reproducen hasta el infinito las preguntas a la difícil tarea de asumirse viva: “¿Quién soy?”, “¿A dónde pertenezco?”.
En Sentir Óseo la pelea por el cuerpo, por su pertenencia, no es más que la pelea por “ser”, que se debate en el juego del vacío y la completud, la vida y la muerte como polos radicalmente opuestos, sin poder encontrar el equilibrio (“la amplia gama de grises”) que sólo parece alcanzarse en las últimas páginas, en la minúscula de ese “victoria” con que se titula la tercera parte.
Así, “Como agua que brota”, las palabras exorcizan a un yo que se constituye en la acción no concretada, en el golpe verborrágico a un tú “sordo”, “manco” y “ciego”, que “alguna vez fue su centro”. El cuerpo vacío germina violencia, entonces se llena, se fastidia, se mata. El mundo se vuelve infernal (“cuerpos sin forma”, “caminan/ transformando los pisos/ cenizas/ y los cielos / en humos ácidos”). Como por los pasajes de un cementerio, el yo de los poemas busca su sombra, estar y no estar, morir y vivir. ¿Dónde ubicarse, si el mundo arde en las llamas del infierno, si no queda aire puro para respirar, pero conservamos aún la vida? Sin respuestas, la primera parte del libro parece sumergir a ese yo en el negro que ahoga, negándole la luz. Como contrapartida del cuerpo vacío en la proyección del odio, se amarra a un tú que le permite ser.
En la segunda parte, que da el nombre al libro, los ojos construyen el paisaje, lo transforman en presagio que se concretiza en la materialización de un accidente trastocando el cuerpo. “Los ojos se secan”, “el pelo vuela”, entonces el cuerpo se descompone, se fragmenta en brazos, sangre, dientes, huesos y tejidos vivos. Los ojos no ven, no quieren ver. El cuerpo se vuelve otra vez lejano, extraño (“la lógica se pierde”, “el cuerpo no responde”, “mi cuerpo apenas siente”) y vacío (“el dolor vacía el cuerpo”). En “Sentir Óseo” el cuerpo sólo se llena de uno mismo, como en un coma inducido, a través de los sentidos, “adentro”, “refregando las venas”. El “tú”, cuya construcción es sumamente espaciada y sólo se hace relevante a medida que llegamos al final de esta segunda parte, reafirma la identidad en discordia del cuerpo femenino de ese yo en una revalorización positiva, oponiéndole a la oscuridad con que se clausura la primera parte, la luz implícita en la pureza de una tarde sin nubes del último poema.
“victoria” es el resultado de un proceso, que sólo se alcanza en el doloroso movimiento hacia el centro de un cuerpo vacío que se cierra desbordante de sí para “ser”. Verbo que se disemina en cada poema de esta tercera parte. La palabra se vuelve autorreflexiva (“para no ser yo me inventé un cuerpo/ lo rellené de nada/ lo mutilé/hasta dejarlo tan pequeño/como invisible”), como si no sólo el yo se cerrara, sino el mismo texto asumiendo su proceso de conformación, aceptando los grises de un mundo defectuoso a través de la escritura (“escribiendo querría descubrir dónde pararme”).
Por último, en cada una de las partes del libro hay una construcción muy fuerte del entorno y el marco en el que ese yo habita, constituyéndose casi como postales de distintas etapas de su vida. El trabajo con los espacios y los objetos (la habitación, la cama, la ventana, los paisajes, el hospital, la estufa, el té) y con los sentidos, principalmente la observación, permiten al lector establecer una relación mucho más próxima con lo que lee. Relación que es potenciada en la utilización lúdica de la posición de las palabras en los diferentes poemas (“el pelo vuela/ con fuerza/ llevando el cuerpo/ atrás/ nada se ve”), como así también en la resignificación que los blancos adquieren dentro del libro.
Lejos de la pasividad, el lector de Sentir Óseo no fluye sino que se mueve junto con el texto, sufriendo el proceso inverso de ese yo, como si la escritura, al igual que el cuerpo, intentara llenarse de un tú que lee y adivina palabras que completan las frases o las adosan colgando de distintos sintagmas, variando los sentidos. Este vínculo se vuelve cada vez más distante a medida que nos adentramos en “victoria”. Como si ya no hiciese falta completar nada, los agujeros desaparecen, las palabras se desplazan, se espacian, se vuelven herméticas y no compartibles. Mejor dicho, propias.
Patricia Laura Signorelli

