VIAJERA EDITORIAL se enamora de la literatura con una atrevida voz propia y una manera original de ver el mundo. Viajera sale en busca de talentos nuevos con el desafío de que encuentren sus ávidos lectores. Viajera cuenta con tres colecciones: descubrir, para primeros libros de autor; explorar, para seguir adentrándose en el paisaje de las obras contemporáneas en construcción; bífida, libros doble lengua/lengua doble
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miércoles, 29 de octubre de 2014
miércoles, 25 de junio de 2014
sábado, 26 de abril de 2014
Viajera en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
Viajera Editorial llega a la Feria Internacional del Libro 2014
Con las lecturas de
Lorena García
Eugenia Coiro
Karina Macció
Cecilia Maugeri
Virginia Janza
Martín Jiménez Guerra
Mauricio Dreiling
Ricardo Czikk
Andrea Larrieu
Eduardo Camisassa
María Florencia Giménez de Castro
Nicolás Di Candia
Gabriela Tavolara
Viernes 2 de mayo a las 17.
Stand Zona Futuro, pabellón Amarillo. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, La Rural. Ingresos: Avda. Cerviño 4474, Avda. Santa Fe 4201 y Avda. Sarmiento 2704.
Stand Zona Futuro, pabellón Amarillo. Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, La Rural. Ingresos: Avda. Cerviño 4474, Avda. Santa Fe 4201 y Avda. Sarmiento 2704.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Zamba (Fragmento) - María Florencia Giménez de Castro
Me acuerdo de algunos viernes, en verano, cuando la tierra estaba húmeda. Subía a la máquina, en la parte de atrás. Papá la ponía en marcha y los pajaritos se empezaban a amontonar tras su paso, tratando de agarrar todas las lombrices que la rastra iba removiendo. Creo que desde ese lugar preferencial aprendí que hay pájaros de todos los colores: azules, verdes, marrones, negros, rojizos.
A veces me distraía un poco, y la abuela decía que eso era peligroso. Ella me pedía que me agarrara fuerte. Yo lo hacía cada vez que me acordaba. Otras veces, me dedicaba a contar cuántas lombrices pegaban saltos y eran cazadas. Pero me terminaba encorvando algo más de lo que debía. Menos mal que desde ahí se veía la casa. La abuela me miraba, abriendo la boca muy grande, para silabear a-ga-rra-te mientras amontonaba parte de la cortina con el puño de la mano. Papá no se daba cuenta de lo que pasaba, él iba adelante, yendo y viniendo en zig zag, mirando los cerros. Siempre nos movíamos más lento cuando estábamos de frente al Aconquija. En cambio, cuando teníamos que girar hacia la ruta, ahí lo hacíamos rápido. Entonces tenía que sujetarme bien fuerte, se me acalambraban un poco las palmas de las manos y algún que otro mosquito tenía la suerte de picarme e irse volando despacito.
María Florencia Giménez de Castro, Cantata.
Viajera, 2013.
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| Henri Joseph Harpignies |
miércoles, 12 de marzo de 2014
De putas que lloran (fragmento) - María Florencia Giménez de Castro
Te vestís, dejando el corpiño a un lado, y cubriéndote el cuerpo con un vestido de gasa. Estirás el brazo para colgarte collares, aros, hebillas. Das vueltas para rociarte el perfume. No, hoy no querés gustar sino calentarlos al caminar. Te reís histérica, seguís descalza, recién en el pasillo del edificio te ponés las sandalias color salmón, porque te combinan con la ropa íntima, bien íntima.
Por lo general suelo intercalar uno o dos tropiezos en mis caminatas diarias. Es un andar algo torpe o distraído, brusco. Creo que ninguno se adapta del todo a la relación estrecha entre la calle y yo. Y la verdad que me da bronca, porque como la camino, la conozco, la contorneo, pocos lo hacen.
De día me gusta intimidar con la mirada; de noche, en cambio, prefiero mirar las vidrieras de los zapatos, esperar los colectivos, dejar pasar uno o dos, y prostituirme un poco. Me gusta sentir que me rozan, de día y de noche, me gusta tocar a la gente. No creo que eso tenga algo malo. Me exhibo en las calles. Dejo que me penetren detrás de las paredes. Quizás por eso los tropiezos, porque intercalo constantemente la piel, el cuerpo, entre mis piernas, mis labios. Me derrito, caigo ante la física ajena, hasta que finalmente vuelvo a ser
yo la que importa y puedo esquivar una baldosa floja.
María Florencia Giménez de Castro, Cantata.
Viajera, 2013.
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| Egon Schiele |
lunes, 13 de enero de 2014
Clementine (fragmento) - María Florencia Giménez de Castro
Se fue caminando por calle Defensa hasta su casa, paseando la bici por el empedrado. Sus papás en Buenos Aires siempre caminaban así, amontonados en la vereda estrecha. Ella iba en el medio, entre ellos, así la protegían. Siempre vas a tener alguien que te cuide, ma chérie. Eso le decían. También lo escuchó a Jean Pierre recordárselo a Gianna cuando tenía sus ataques de tos. Clementine, por su parte, se colgaba de la cama y se arropaba para darle calorcito en el pecho. Le gustaba quedarse así cuando Gianna se ponía a pintar lo que le habían encargado. Por lo general eran jardines, sombrillas, la provence de Monet. Pero cuando pasaba algún tiempo sin recibir pedidos, Gianna podía pintar como en Montmartre. Ésas eran sus mejores creaciones y a ella le gustaba esconderlas en distintos lugares de la casa. Sólo su piccolina sabía dónde los guardaba para que los cuidara después. Así había empezado a germinar en Clementine su amor por el arte. Y claro, todos los óleos de Gianna se lucían en su casa. También comenzó a mirar anticuarios, sabiendo que quizás ese tipo de lugar, se volvería su cable al cielo azul de París.
María Florencia Giménez de Castro, Cantata.
Viajera, 2013.
sábado, 9 de noviembre de 2013
miércoles, 25 de septiembre de 2013
"Sangra", de María Florencia Giménez de Castro. (Fragmento)
Me tapo la boca rápido. Hago un trago largo, dulce, espeso.
Espero unos minutos, cierro los ojos otra vez. Grito. Lo llamo, con la mirada desgarrada.
¡Yo sé que lo vi!
Estaba detrás de la ventana. Escuálido, blanco, violáceo, violado dentro de la piel, a través de ella. Pero él no me llega a escuchar. No puede. Lo miro otra vez, fijamente, para que sienta que está ahí, todavía. Abro cada vez más los ojos, tanto que se secan. Necesito volver a cerrarlos para dejar que se humedezcan y así poder llorarlo.
Ahí está, otra vez, la tela blanca que me contiene. El papel sigue en el hueco de mi mano. Lo aplasto con todo mi peso para poder levantarme, despacio, con un ligero envión hacia la derecha.
Siento las piernas transpiradas, frescas. Crujen los huesos de los tobillos, de los pies. Doy la vuelta.
Achico la mirada hasta dejar una línea difusa. No puedo distinguir bien el lugar, ese otro lado hacia donde estoy girando.
El cuello, los hombros, la cintura, los muslos, las rodillas. Por fin los pies terminan de reubicarse. Suelto, libero, expando los párpados. Estoy en un cubículo blanco. Hay mucha gente, uno
me dice: roban sangre.
María Florencia Giménez de Castro, Cantata.
Próximo título de Viajera Editorial.
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| Katherine Du Tiel |
miércoles, 18 de septiembre de 2013
"Rococó", de María Florencia Giménez de Castro
"Rococó"
(Fragmento)
Ella trata de no moverse demasiado, pero la música le recorre el cuerpo, tiene ganas de soltarse a bailar. Apollonia, con los ojos apenas cerrados, siente cómo el muchacho de al lado la está observando. Tiene la mirada ajena sobre el cuerpo. Quisiera bailar para él. Pero ahora sólo le puede regalar un suave desliz, siguendo el sonido de las cuerdas del archilaúd. Hasta que, al sentir que él se vuelve hacia su cara, decide cerrar un poco más los ojos. Su piel tirita. Pero la mirada ajena se va, Apollonia respira aliviada y se queda observando la orquesta, con un leve vaivén.
Después de poco más de un hora, Benjamin piensa en Galatea, la nereida siciliana, y sonríe al ver a su bailarina. Apollonia le devuelve el movimiento de labios, algo tímida, dejando caer
algunos cabellos sobre su cara. Finalmente la invita a tomar algo. Ella asiente. Bajan las escaleras, salen del teatro y comienzan a adentrarse en la ciudad.
Caminan unas cuadras, Benjamin sigue prendido de los pies de ella. También la mira balanceando los brazos entre los pocos rayos de luz que todavía resisten a la noche. Así va describiendo
en su piel la tierra. Apollonia es la figuración del vestir del suelo, los cabellos todavía más negros. Sonríe y sus ojos se tornan amarillos, un sutil brillo de sol. De a poco se van dejando absorber
por el tibio viento de domingo.
Incluido en Cantata, próximo título de Viajera Editorial.
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| "Bailarinas tras los bastidores", Edgar Degas. 1889. |
jueves, 22 de agosto de 2013
Lectura en Ecunhi - María Florencia Giménez
Telar de alfombra, la tierra
Awaq era morena, tejedora. Su abuela le había enseñado el oficio. Ella tenía que abrigar con ponchos a su familia. Después comenzó a tejer alfombras. Para cuidar a la pacha y mantenerla calentita. Creaba para ella, ésa era su cosecha y su forma de protegerla.
Awaq escondía, guardaba, ofrendaba, sus telas en zurcos de tierra.
Después debió tejer para su esposo. La abuela eligió un hombre de rostro sincero, de piel labrada y manos ásperas. Con la espalda mediana y abundante cabellera. Habitaron una casa abrigada en alfombras sobre la tierra. Con paredes por las que se colaban las arañas. El catre tranpiraba su madera revestida en ponchos.
Un martes de verano, sintieron mucho calor. Húmedos. Podían oler la llegada del agua de rocío, de la nubecita. La niña chaya. Todos la esperaban corriendo descalzos.
Descalzos como ellos, transpirando, escondidos entre los pliegues del otro. Afuera se escuchaban los golpecitos de pintura sobre los negocios. Sentían el andar adornado de pompones de las cabras. La abuela gritaba: vamos a enflorar para que se alegren las cosas. Awaq miró dulce a su hombre, dispuesta a cuidarlo, a saciarlo. Sonreía y se dejaba abrir como una flor.
A los dieciseis años estaba acostada, con él. Abrió los ojos y un zurco de tierra. Hecho de su carne. El hombre se adentraba, empujaba dentro de ella. Alimentaba su cuerpo. Ella estaba abrigada, adentro y afuera. Ella recordaba el olor de los sahumerios, esperando para la celebración. Pensaba en la cosecha y le sonreía suave a su hombre. Él estaba concentrado, ceñido a la piel, pero sabiéndola mirar. Le decía, ia, ia, yanay, mi morenita. Y ella se moría de ganas de decirle todo lo que lo quería, lo agradecida que estaba y lo hacía cerrando los ojos, abrazándolo fuerte, cubriéndolo con sus telas. Así, terminaban de enraizarse.
De repente, en pleno mediodía, empezó a oscurecer. La claridad gris, de un martes de chaya. Su tierra abrió la boca, recibía las gracias. Él todavía dormía. Awaq se levantó, fue hasta la cocina, tomó algunos polvitos. Y salió a la calle, echando colores para los ponchos. Para la pacha.
Con el paso del tiempo, se fue el color, llegó el silencio. De a poco se removían las raíces, acomodándose para salir. Cuando el solsticio de invierno, las voces auguraron un nuevo año de cosecha y se plegaron, con el cielo abierto, a la tierra sedienta. Awaq, tejía más que de costumbre. No sólo para su hombre, también colgaba ponchos de sus hombros, para cubrirse en el vientre. Ya habían pasado varios meses desde la chaya, crecía, en ella.
En Agosto, como siempre lo hizo, el primer día del mes, Awaq limpió la casa entera, preparó té de ruda y regó de yuyos: chacha y pupusa, todo el ambiente. Su hombre ya se había ido, temprano. Con la mochila llena de ofrendas, dispuesto a alcanzar con piedras la bendición de seguir caminando. Awaq salió después, tapada no con ponchos, sino con las alfombras que había tejido para el solsticio de invierno. Al cruzar la plaza vio a su abuela. La paseaban en el carro entre las casitas coloradas, rociando de polvo, cantos y alcohol a todo el gentío. La miró, agradecida por sus enseñanazas y siguió camino hasta el cruce, balanceándose, con el peso ya inquieto en su vientre. Lo contuvo, fue hasta el abra, el punto más alto del camino, donde él la esperaba.
Ahí estaba, otra vez. Abrió los ojos y un zurco de tierra.
Estaban los dos solos. Esperando. Awaq sentía que ése era el momento en el que se regaría de piel, de agua y de sangre, todo el suelo. Con las piernas abiertas, abrió los ojos más que nunca al cielo, secándose. Iba enrojeciendo, empezaba a brotar de su cuerpo. Brotaba de ella hilos de tierra y carne. Cambiaban de color. Ya estaba solamente a medias, adentro. Awaq siguió abriéndose, más allá de sus espacios, volviéndose grieta. Con los ojos sequísimos, lograba llorar, acompañar, inducir al que ya casi no estaba adentro. De la tierra brotaba polvo. Algo caliente, rojizo, empezaba a vertirse sobre ella, y se erizaba. Así le abría paso, se hacía más suave.
Recién entonces aparecieron las manos ásperas del hombre y sus dientes raídos. Mordió el hilito de piel para separarlas y tomarla entre sus brazos. Vida, mujer y tierra. Ellas estaban con los ojos abiertos. Las tres, regaditas de sal, de dulce rojo sangre. Savia y carne.
Entonces, la mujer, ya no sólo tejedora, se levantó. Su hombre le entregó la vida. Awaq no limpió los cueros, no dejó de vertir sobre el zurco, su agua. Él sirvió entonces a la pacha. Cigarrillos, vino, chicha y hojas de coca. Después la invitó a su morenita a que hiciera lo mismo. Ella entonces ofrendó otra vez, con el brazo con el que sostenía la nueva vida, su mejor telar. Agradecida, susurró para la pacha.
María Florencia Giménez. 2013.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Autores Viajeros visitan Ecunhi
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