lunes, 5 de noviembre de 2012

Eugenia Coiro en Viajera Visita


Eugenia Coiro nació en Buenos Aires en 1978. Se recibió de periodista y más tarde de correctora de textos literarios. En 2007 publicó su primer libro de poemas, 374, por la editorial De los cuatro vientos. Realizó colaboraciones con diversas revistas literarias, entre ellas "Cuadernos del Tábano", distribuida en España. En 2008 publicó Deixis, pliego de Poesía Portátil de Siempre de Viaje y participó de la antología La tinta y el blanco (2009) de Ediciones Mallea. 

Su último libro, Bengala Hotel (2011), forma parte de la colección descubrir de Viajera editorial.

Aquí, un poema inédito para compartir:

La luz filtrada por el verde y la niebla
la luz suspendida sobre el agua
la luz reflejada duramente.

El tiempo estancado en la laguna.

La espera.

La expectación.

Nada depende de mí.

Las hojas carnosas enjambres de vegetación
lujuria estática de un mañana.
El frío verde oscuro.
Zumbidos, croares,
un yacaré invisible despeina el silencio del pastizal.


Espero y mis ojos fijos
cristalizados en el agua
me pregunto dónde surgirá
cuándo
el Otro, el gran monstruo.






Algunos insectos
           
                                    suben
                                                                        y
                                   
                                                bajan
                                                                                    zigzagueantes


tocan el agua negra

                                                                        danzan             comen


             alterando
           

 la superficie.






Diego Recalde en Viajera Visita


Hola, soy DIEGO RECALDE y tal vez me recuerdes por:

En TV trabajé como guionista escribiendo junto a Diego Sehinkman, los monólogos iniciales de Roberto Pettinato del programa Duro de domar. También los monólogos donde el conductor imitaba a Tato Bores.

Además guioné a Roberto Pettinato en radio entre 2004 y 2008, en el programa de radio El show de la noticia (FM 100).
En ese programa, hice muchos de los personajes que salían al aire.

Entre 2005 y 2008, colaboré autoralmente en la “Plop” la columna semanal de Roberto Pettinato que sale en el diario Clarín.

Además trabajé en radio en Zona liberada Radio Uno (FM 103.1), y en No se desesperen Mega (FM 98.3), conducidos por Martín Ciccioli.

También trabajé en Mondo Beat Radio Metro (FM 95.1), conducido por Diego Ripoll.

Fui notero de Caiga quien caiga y Argentinos por su nombre.

Fui humorista y notero de Duro de Domar, RSM y un Mundo perfecto.

Fui guionista de programas como Caiga quién caiga (1996-2001), Delicatessen (1998), Televisión registrada (2000-2001), La Cajita Social Show (Sebastián Borenzstein) y Videomatch (1995-2000), entre otros.

Hice humor gráfico durante varios años en los diarios La Razón y Perfil.

Actualmente hago humor gráfico en el diario La Nación y escribo todos los viernes en el Diario la U.

En cine, actué, escribí y dirigí cuatro largometrajes independientes: Sidra, T.Ves?, Habano y cigarrillos y El periodista.

Soy cantante, autor de las letras y monólogos del grupo de música Trío Ibáñez.

Llevo escritas doce novelas.
Tenemos un problema, Ernesto, mi anterior novela, fue editada en el 2011 por editorial Planeta.
Ahora publico otra de las novelas que tengo escritas: ésta.
Para los que creen en los concursos literarios, La meta de Gregorio fue dos veces finalista en el concurso de novela Ciudad de Salamanca (España).

Si me querés saber más, te dejo mi página web:

Y si me querés contactar, te dejo mi email:



Compartimos con ustedes el comienzo de La meta de Gregorio:

Una mañana, Gregorio se despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en Franz Kafka. Estaba tirado en su cama y al levantar un poco la cabeza, vio que tenía puesta una camisa blanca gastada, un traje negro también gastado, unos zapatos negros sin lustrar, una corbata del mismo color y un sombrero gris.
–¿Qué me pasó? –se preguntó Gregorio.
Y se dio cuenta de que no era un sueño. Porque su habitación seguía siendo la habitación de siempre. Arriba de su escritorio estaba la computadora, la impresora y la pecera, con un solo pez.
Detrás del escritorio, estaba su biblioteca repleta de libros.
Colgando de uno de los estantes, había una foto de Franz Kafka sostenida por una chinche, que el mismo Gregorio había recortado de una revista literaria.
Pegadito a la biblioteca, como empotrado en la pared, había un gran espejo que apuntaba directamente a su cama. Gregorio se miró en él y se impresionó con lo que vio. Bueno, no era para menos. Su cara y su cuerpo, ¡eran la cara y el cuerpo de Franz Kafka!
Al principio, descubrir que se había convertido en el escritor que tanto admiraba, lo llenó de alegría. Pero el nuevo cuerpo era pesado, muy pesado, y le generó unos terribles dolores musculares que acabaron con esa sensación de felicidad que había sentido al principio.
Afuera llovía. La lluvia lo melancolizó.
“No puede ser lo que me está pasando… Tengo que estar soñando… ¿Y si sigo durmiendo y me olvido de toda esta locura?”.
Pero quiso seguir durmiendo y no pudo.
“Reconozco que todo lo que estuve escribiendo en estos últimos cinco años tenía un parentesco con Kafka. ¡Pero nunca pensé que fuera para tanto!”.
Arrastrando la espalda, se deslizó lentamente hacia la cabecera de la cama para poder levantar un poco más la cabeza. Pero se encontró con que tenía el sombrero ¡pegado a su  cabeza! Esto le dificultó aún más el desplazamiento. Para colmo, el traje que tenía puesto, por más que quería, no se lo podía sacar. Estaba adherido a su cuerpo. Como una capa de piel más.
Gregorio no la estaba pasando bien. Sentía que se quemaba con fuego, fuego con el que había estado jugando estos últimos años.

Edgardo Scott en Viajera Visita


Edgardo Scott, escritor, músico y psicoanalista, nació en Lanús, Provincia de Buenos Aires, en 1978. En 2004 ganó el Premio Lebensohn de “Cuento Breve”. En 2005 fundó junto a otros escritores el Grupo Alejandría (www.elgrupoalejandria.blogspot.com), grupo que inició el movimiento de “Lecturas” y ciclos literarios en narrativa. Con Alejandría publicó las antologías El impulso nocturno (Gárgola-2007), Tres mundos (Alejandría-2008) y Trece (Alejandría-2012), becadas por el Fondo Nacional de las Artes y por el Fondo Metropolitano de las Artes.
En 2008 publicó la nouvelle No basta que mires, no basta que creas (Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, 2008) con prólogo de Martín Kohan.  En 2010 publicó el libro de cuentos Los refugios (Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, 2010). En 2012 uno de sus cuentos integró la antología Panorama Interzona, “Narrativas emergentes de la Argentina” y publicó su primera novela, El exceso.
Ha publicado artículos en distintas revistas literarias y suplementos culturales tanto gráficos como virtuales (Ñ, Página 12, No-retornable, Los asesinos tímidos, etc.). También colabora en el blog literario especializado de la editorial y librería Eterna Cadencia, http://blog.eternacadencia.com.ar/.
Ha participado de los programas de tv “El Fantasma”, “10 libros inolvidables” y “Mujeres por hombres” emitidos por Canal (A). Coordina un taller de escritura narrativa y es profesor de la Escuela de Escritura y Oralidad, Casa de letras (http://www.casadeletras.com.ar/).
Además, es corrector de estilo en publicaciones de psicoanálisis.



Los hermanos


Mi hermana tenía el pelo rubio y ensortijado. Recuerdo un gesto casi mecánico de ella: su intento de ordenar una y otra vez con un gancho lila aquella mata rebelde; la puedo ver con los dos brazos en alto y hacia atrás, la mano derecha tomando el cabello, la izquierda el gancho, buscando ajustarlo en el punto exacto, un poco arriba de la nuca. Me costaría rescatar una imagen suya sin ese peinado.
Siempre pasamos mucho tiempo, solos. Las mujeres que nos fueron cuidando a lo largo del tiempo, al comprender nuestra suficiencia para entretenernos, poco nos controlaban; en cambio, se dedicaban sí a esperarnos a la vuelta del colegio con la merienda servida, a prepararnos el baño y la cena, a dejar listos los uniformes para el día siguiente. Los dos éramos tranquilos. Mi hermana era (es) mayor que yo cuatro años. En verdad, tres años y seis meses. No obtengo de la niñez ningún episodio en particular con ella; al menos, ninguno donde el recuerdo nos aislara de nuestros padres. Hay el cruce de un puente más o menos alto y precario desde donde era difícil (y quizá por eso mismo aterrador) divisar las manchas negras en aquel lecho sin agua del río, las manchas que en verdad eran cangrejos; hay una navidad donde mi madre debió medicarla y encerrarla debido a su gran temor a los estruendos de las explosiones de medianoche, y yo le hacía burla comparándola con los perros; y hay una mañana, donde ella me está por atar los cordones, y mis padres detienen todo y corren obnubilados a buscar la cámara para tomarnos una fotografía. Y no mucho más. No son, de todos modos, recuerdos nuestros, sólo imágenes, construcciones fragmentarias, apenas relatos familiares.
En la adolescencia nos comportábamos como dos huéspedes de honor en la casa, como dos extraños que un par de veces por día se cruzan en el ascensor o en el vestíbulo de un hotel. Ella jugaba sin interrupciones en la computadora y yo armaba hasta el agotamiento aviones y barcos a escala. Si estudiábamos, cada uno tenía en su habitación todo lo necesario. Mi hermana, supongo que por ser mujer, tenía además su propio cuarto de baño, pero yo tenía para mí los dos restantes. No sé qué hubiera pasado si hubiésemos sido tres. Tampoco sé si mi hermana tendrá recuerdos o imágenes de ella sola en la casa, anteriores a mi nacimiento. Sé que mis padres siempre intentaron que cada uno fuera independiente del otro; que no hubiera mayorazgos ni intromisiones; que cada uno creciera con sus propios juegos, lugares y amigos; en la secundaria, por ejemplo, fuimos a distintos colegios; adecuados, según creo, a nuestros distintos intereses y temperamentos.
Durante los días de verano que no había vacaciones ni colonia, las distintas habitaciones de la casa repetían el mismo cuadro, la misma atmósfera: persianas bajas y la madera del piso reflejando apenas una franja de luz exigua y calurosa. Una vez (yo tendría once y ella catorce), habíamos coincidido en la cocina. Los dos estábamos descalzos y teníamos las plantas de los pies bastante sucias. Estoy seguro de que ella estaba comiendo alguna fruta o un poco de helado y yo tomaba un vaso de Coca-Cola. Por la ventana que yo tenía de frente y ella de espaldas, podía ver a lo lejos a la mujer con guardapolvo rosa y sombrero blanco regando el parque. Mi hermana, sin preámbulos ni inseguridades, me dijo que no usara medias si me ponía una bermuda o un short. Yo no contesté, acaso porque aceptaba su indicación. Pero una o dos tardes después le deslicé el comentario de que siempre tenía puesto el mismo gancho. Me encanta el violeta y el lila, dijo ella, y creo que hablamos algo más esa tarde y alguna otra, pero ahora está borrado o sumergido en el aparente olvido.
La espié desnuda pocas veces; al comienzo se trataba por mi parte de pura curiosidad, de ver, de acceder por fin al cuerpo real de una mujer. Pero la excitación era difusa, esquiva y comencé a fijarme en sus defectos: su piel demasiado pálida, las piernas largas y angostas, la indiscernible cicatriz en el abdomen, su cara de moneda o de muñeca rusa.
A los dieciocho se fue a estudiar al exterior. Si utilizo esa palabra inmadura e imprecisa es porque se ajusta bien a mi conocimiento incompleto de sus trayectos y a las varias carreras y a los varios países en los que estuvo. Al comienzo manteníamos sin embargo un contacto electrónico de manera infrecuente. A veces, muy pocas, llamaba por teléfono a casa, yo atendía, la saludaba y le pasaba la comunicación a mis padres. Con el tiempo, los contactos se espaciaron aún más. Para la época en que yo empecé a estudiar, ya no había noticias de ella, ni de dónde podía estar.
A lo largo de estos años, he tenido a veces el impulso de buscarla, pero algo inacabado y triste me lo ha impedido. Suelo pensar en ella de manera intensa y esporádica. La mayoría de las veces la imagino en un lugar extraño con un no menos extraño destino: orando rapada en un monasterio a la altura de las nubes; curando animales en un caserío febril de la selva; en una clínica tratando de soportar la abstinencia y el tedio; o en una oficina con paredes de vidrio, cuidando los intereses de una corporación. Pero son ideas. Es muy probable que no sea así. Es muy probable que mi hermana ya tenga una familia, su familia, y que por lo tanto yo tenga sobrinos, que seguramente se pelean a veces, que ignoran todo o casi todo de mí y que hablan con facilidad otro idioma.











viernes, 2 de noviembre de 2012

Martín Jiménez Guerra en Viajera Visita


Martín Jiménez Guerra (1983) disfrutó la azarosa fortuna de escribir libros de poesía y ser reconocido en distintos concursos de cuestionable importancia. Es librero. Averigua eso de ser poeta. Se refugia en la lectura. Se desarma en la escritura. Y respira. Aún respira.
Durante cuatro años publicó sus poemas en Mundopoesía, siendo galardonado en varias ocasiones en el rubro poesía y cuento. Finalizó su estadía siendo administrador de la página.  
Concurrió a los talleres de los poetas Fabián San Miguel y Javier Adúriz en La casa de la poesía. Formó parte del blog
Mispoetascontemporaneos, administrado por el poeta Gustavo Tisocco y participó del evento realizado en el Salón Dorado de la Casa de la Cultura, junto a destacados poetas de todo el país.

Fue publicado en tres ocasiones en la página de la Televisión Pública.
Fue entrevistado por el poeta colombiano Rodolfo García para el blog
Estaciónpoetas y por el español Juan José Plaza Angulo para la revista Lugar de Encuentro. Sus poemas fueron publicados en diferentes revistas de Latinoamerica y España.
Sus poemas fueron traducidos al inglés, catalán y portugués.
Poesiacontrapoesia es su segundo libro.
 
Algunos poemas para compartir:
 
Arrugas de la ausencia

Gira la cuchara en la taza,
el café despierta mi olfato
y sobre la mesa el tedio me mira fijo.
En el baño un espejo delata el tiempo,
se ríe y luego llora.

Afuera el asfalto me muerde los tobillos.
Camino por la plaza de las huellas
en donde nos conocimos,
en las pequeñeces me siento
y me pierdo en la entelequia.
Cuando vuelvo,
el sol bosteza y la mirada se aguza
en una, dos, tres, cuatro palomas
que me observan y no entienden,
o por lo menos eso parece.
Un perfume vuela y me lleva hasta vos,
¿qué estarás haciendo ahora?
Hasta quizás estás pensando en mí.

La risa de una nena me desvela.
La busco y no la encuentro;
la miopía y mi cordura me vencen otra vez.
Suenan campanas,
son las siete, hay que ir a la nostalgia
y, cuidadoso, traer algún que otro recuerdo.
No tienen fecha de vencimiento,
pero la otra vez me sostuve de uno que me hizo bastante mal.

A veces es mejor no pensar,
me dice una hoja que cae del árbol,
da dos vueltas carnero
y se acuesta en mi mano.
La desnudo y fragmento sus alas
en uno, dos, tres, cuatro pedazos.
Las hormigas la suben a su lomo
y yo,
trepo mi vista a esa perfección,
que abrupta, una suela rompe
con la torpeza que sólo puede tener un hombre apurado.

El sol se aburre, una vez más
y cierra los párpados el día.
Vuelvo a casa.
La oscuridad entra por la ventana
y viaja en puntas de pie.
A veces me da miedo
y prendo todas las luces.
Ahí es que respiro…
Es irónico, nunca entendí la razón.
Hay preguntas que no tienen porqués,
grita la vida
y su injusta manera de jugar se me mete por los huesos.

Voy a nuestra habitación,
enciendo el velador y mis ojos,
la angustia espera alerta,
te miro en sepia,
le seco la mejilla a la foto
y te extraño;
hace uno, dos, tres, cuatro años
que duermo solo.


Había poesía en su mirada

Idea, no podrás ayudarme esta noche.
Ya no.
En el revés de su ida
veo al mundo derrumbarse sobre el jardín de Safo.
Ya no hay caricias en su voz
ni en sus ojos guarida.
No hay rincones que me sostengan
en este vacío que me entierra su adiós.
No hay resquicios en donde se filtre
la esperanza que consuele.

Había poesía en su mirada
y ahora habitan atragantadas palabras sin decir
revueltas en la garganta del verso.

Había poesía en su mirada
y sólo queda adherida
a la suela de los recuerdos
las esquirlas de un amor que nunca fue pisado.


Lo que queda de mí

El efecto lateral de extrañarte
se acurruca entre el vacío a mi izquierda
y lo que queda de mí del otro lado.

En cada luna me analiza con su mirada
verde, brillante, insidiosa
y cree derrumbar aquel muro de nubes
que creció como una caricia huérfana de manos.  

A veces siento el viento de tu voz
dándole oxígeno a mis sueños.

Otras tantas abrazo tu ausencia
como aquella hoja que se aferra a la vida
para luego suicidarse en Otoño.

Es imposible esquivar los recuerdos,
matar al olvido
y enterrarte de mi memoria.

Es absurdo querer hacerlo.


Veintitrés vueltas desesperadas y un poema devastador   

Voy a limpiarme de mí
sacarme la muerte de los labios.
Vomitaré metáforas crueles   
desde el fondo de mi ferocidad.
Me sostendré de la memoria maquillada
y despediré la puta hipoteca
sobre este muerto papel en blanco.
Voy a lavarme los miedos
con los sucios dedos de la inconciencia.
Acomodaré el vacío a la izquierda
como si yo fuera un holograma de mí
y vos, una repetición de ella.
Voy a lamer la suela de mis poemas
para ver si todavía andás por ahí.
Voy a llenarte de hormigas las venas,
abrazar tu angustia
y lanzarnos al otro lado de vos.
Voy a morder el tumor de la no vida
y escupirlo en el rostro de aquel Dios de cotillón.
Voy a escribir un poema.

Algunos fragmentos:

*El tiempo amortigua los recuerdos. Esa puta carga superflua se vuelve irrisoria con el paso de los años. Como dolía aquello que hoy, desde esta orilla de mi boca, provoca exultación. Media sonrisa. Pienso. No todo lo que muere lo hace conmigo adentro.

*Con el paso de los años, después de haber vivido varias vidas y unos cuantos pequeños derrumbes, uno va perdiendo la esperanza, la confianza, la creencia y la realidad del amor.
Uno se vuelve agnóstico del amor. Deja de creer en las miradas. Busca distracciones que lo alejan de uno. Cree que el amor le es ajeno, que está diseñado para otros. Se vuelve un ser vacío, insulso, incapacitado de amar. Empieza a sentir que el amor es una mera construcción del ser humano. Que el rosa es sólo un color de tantos, que la vida tiene varios matices y que uno deambula de color en color sosteniéndose largo tiempo en el gris y así terminamos por perdernos de nosotros mismos. Uno cae en la pesadez de la rutina autoimpuesta. Se embarulla en pensamientos vanos. Se vuelve inapetente de deseos, reacio de afecto. Deja dormir a su soledad en distintas camas. Busca bálsamo en labios equivocados. Se aprisiona en su propio cuerpo y se ahoga en su veneno. Hasta qué -existen los hasta qué, créanme-, simplemente, sin previo aviso ni anuncios rimbombantes, sin redoblantes ni fuegos artificiales; el amor sucede, y te toca la inconsciencia con vasto descaro y un dejo de sorna.

*Debe haber un momento en la vida en que la farsa en la cuál nos envolvemos día a día, simplemente, pasa a segundo plano, y empezamos a vivir como realmente queremos. Nos dejamos de mentir. De auto-convencernos. De imponernos una realidad y sostenernos de ella. De echar culpas ajenas. De distraernos con la no vida. Debería haber un momento en que la teoría quede rezagada ante la acción. En dónde ese deseo incumplido que ni siquiera conocemos, suceda.

*La semana pasada me sentí Baumgartner, lanzándome de mí hacia vos. No tuve éxito. Llovieron pedacitos de mí por todo el cielo. Tal vez nuestra distancia era mayor.